"Pancho en la luna"

Cuento de Ester Huneeus Salas (1927)
(Presentado por Ester Huneeus - bajo el seudónimo de Gotta Vonovon - a un "Concurso de Cuentos Infantiles a base de enseñanza higiénica" organizado por la Dirección General de Sanidad. Recibe el segundo premio). Versión para imprimir.

Panchito Pancrudo estaba un día asomado a su ventana soplando porotos por un tubito de vidrio. Divisó allá a lo lejos a ño Timoteo y no pudo aguantarse las ganas de aturdirlo de un buen porotazo. Agarró fuerzas, pero tantas fuerzas, que por llenarse de aire para soplar más fuerte, se dió vuelta al revés, como un calcetín. Y se puso tan chico, tan demasiado chico, que el suspiro de una solterona que estaba en el balcón del lado, lo mandó volando al suelo.

Se demoró muchísimo en caer y era casi de noche cuando llegó a la vereda de la calle. Si no es por el poroto que se tragó en el esfuerzo, se vuela inevitablemente y se pierde en el espacio.

Estaba oscura la calle, algunos zapatos gigantescos como tanques inmensos llevados por sabe Dios qué monstruosas piernas y cuerpos de montaña, pasaban al lado de Panchito haciéndole estremecerse de susto; pies que lo destruían todo sin inmutarse siquiera.

¿Dóndo pasar la noche para amanecer vivo? pensaba Pancrudito y en esto estaba cuando le vino un hipo y desde dentro empezó a hablarle tiernísimamente el poroto.

- El único modo de librarte, pobre Pancho Pancrudo, es que vayas conmigo a alojarte a la luna. Monta a caballo de un rayo, pesca la punta de abajo y la vas enrollando hasta llegar arriba...

Obedeció Panchito y se trepó al rayo de luna. Pero era resbaloso y le hacía cosquillas de tal modo que se largó a reir el jinete y no pudo parar hasta llegar arriba, sujetándose apenas para no caerse.

El suelo de la luna era blandito como pelota de goma y era imposible no dar bote en él. A brincos y saltos en esa luna inmensa el poroto y Panchito buscaron donde refugiarse.

Con esa luz plateada que derretía el alma sentía Pancho unos deseos de reír y de llorar, como unas neurastenias y unas ansias terribles de ser profundmente desgraciado. Se sentó en el suelo y siguió dando bote mucho rato pensando cosas tristes y románticas y se hubiera quedado ahí toda la noche de no empezarle el hipo y el poroto a dar señales de vida.

- Tenemos que dormir... Llévame bajo esa mata de apio, y no te quedes aquí como un lunático.

Obedeció Panchito y anegado en lágrimas sollozando desesperadamente fue a acostarse donde le insinuó el poroto. Pero con tanto salto en lugar de quedarse debajo de la mata fue a dar arriba y ahí trabó amistad con una mosca. ¡Y qué animal tan sucio y repugnante es una mosca!

- ¿Es cierto que eres mosca? - le preguntó espantado al verla llena de gusanos, de bichos, de huevitos negros.

- Soy mosca y ¿qué hay con eso? ¿No me ves en la tierra a cada paso y me dejas hacerte cosquilla y almorzar contigo?

- Pero tú eres distinta. ¡Uf que eres sucia!

- Soy lo mismo que todas. Si somos coleccionistas de microbitos y tenemos el negocio de fabricarlos con experimentos y repartirlos en muchísimas partes... Si no fuera por nosotros, capaz que se terminaran esos pobrecitos... Mira, yo cojo un huevo y lo planto donde puedan brotar muchos. Es muy linda mi obra ¿no quieres conocerla? Espera que amanezca y te llevaré a ver mis dominios para que entres tú también en este gran negocio.

- No me interesa, me das asco.

- ¡Ah, chiquillo ignorante! Aguarda un poco. Ya pensarás distinto mañana con el sol. Duérmete luego, que te pones muy tonto con el sueño.

Y la mata de apio lo fue adormeciendo con su suave mecer y Panchito Pancrudo se durmió en la luna para recordar al otro día con un feroz pellizco del poroto que ya no hallaba cómo despertarlo.

La luna estaba blanca y ya no palpitaba ni daba el menor deseo de llorar. Su placidez inalterable, su cara de plato limpio y su monótona redondez producían hastío en el alma de artista del joven diminuto.

- Vamos Panchote, despierta bien y no estés ahí mirando tonterías - habló el poroto - Discurre de qué modo nos podemos marchar de esta elipse. Camina.

Y en ese mismo instante despertó la mosca y se ofreció galante para llevarlos a caballo a la tierra.

- Pero si eres tan sucia - alegaba Panchito y entretanto el poroto casi le hacía pedazos el estómago para convencerlo que aceptara.

Y no hubo otro remedio; se trepó arriba Pancrudo y se fueron volando luna abajo para llegar al mundo. Y la mosca insistía en mostrale a su jinete su fabuloso negocio, y tanta fue la insistencia en el camino que no se atrevió el chicoco a discutir de miedo a contrariarla y tener que llegar hecho pedazos al suelo.

Volando iba la mosca y aferrado Panchito. Apenas respiraba y pasaban las nubes y perdían de vista los planetas y se achicaba la luna por minutos.

Y al llegar a la tierra se le antojó a la buena mosca ir a dar a un basural más podrido y hediondo que todo lo fétido que en su vida había olido el pobre Panchito. Se agarró sus ñatitas a dos manos y punto menos que llorando suplicaba a la mosca se lo llevara de ahí antes de fallecer asfixiado.

- Déjate de tonterías, mocoso exagerado. Aqui estamos en uno de mis establecimientos más famososl De aquí extraigo yo la esencia de los microbios más refinados, aquí elijo yo mis huevos más preciosos para llevarlos a sembrar por el mundo. Espera. Déjame que te muestres sus encantos.

Diciendo esto la mosca, se perdió en la basura y enterrando sus patas en un animal muerto se bebía su descomposición a grandes sorbos.

- ¡Aguarda! ¿Quieres ver como brota? Deja estamparla un segundo en tu piel y verás como florece...

Pero aquí habló el poroto.

- ¡Cuidado, Pancho estúpido! Huye con todas tus fuerzas... Te está hipnotizando y ya ni sientes su olor...- y a tirones el poroto arrastró al pegote y lo escondió en unas matas.

Sin hacer ningún ruido, calladitos, se quedaron los dos, ocultos para nos ser sorprendidos por la mosca que de pronto se había convertido para ellos en un animal feroz.

De allí la veían como iba escogiendo los rincones más sucios, la mayor podredumbre para volar después a pararse en el borde de un plato de comido de unos pobres aldeanos. No contenta con esto esa pequeña fiera se puso a descansar en la frente de un chico distraído que no hizo el menor ademán de espantarla.

Y Panchito veía como se esparcía en esa piel el veneno, como se iba irritando, como se hinchaba y se formaba la infección... Y se desparramaban en la sangre esos millares de bestiecitas chicas, nacidas todas de un huevo, puesto allí por la mosca y todos con sus pequeños dientes filudos iban descomponiendo rápidamente la sangre del muchacho. Y en la frente se formaba una herida, una infección dolorosa, "la flor", como la llamaba la mosca.

Una furia terrible contra esa asesina le bajó a Pancho y un deseo de estrangularla en sus bracitos menudos; pero el poroto lo detuvo a voces.

- ¡No hagas esa locura! Vas a morir tú antes... Espera, que todo tiene su hora en este mundo.

A todo esto la mosca se entretenía haciendo viajes y sacando los bichos recién nacidos en la frente del niño, los sembraba uno a uno en todas las demás personas y después de paraba a observar como se operaba su espléndido negocio.

Y Panchito Pancrudo se dominaba apenas para no ir a matarla, la malvada. - ¡No seas inocente! ¿Qué sacas con matar a una mosca cuando hay millares de millares? Y entretanto, con eso tú no salvas a ese pobre niño y a esos viejos que, después de rascarse un par de horas, se enferman de esa picadura... Busquemos el veneno y matemos toditos esos bichos asesinos. Péscate de ese chifloncito de aire y deja que te lleve al país donde crían las balas y las bombas para hacer pedacitos a las moscas...

Otra vez hizo Pancho lo que le ordenaba el poroto y envuelto en el chifloncito de aire se dejó llevar hasta un despacho, donde le dijo: - Aquí ¡detente!

- ¡Pero esta no es la fábrica de veneno y de armas en contra de las moscas! - protestó.

- Lo mismo da, chiquillo. Aquí están los dos enemigos más grandes, vas a ver...

Caminando por la hendija de una tabla gastada, se metieron hasta detrás del mostrador y sin detenerse siquiera, continuaron la marcha y por debajo de una puerta se colaron, hasta llegar al patio de la casa.

Ahí había una vieja con una artesa inmensa, lavando mucha ropa en tantísima lavasa. Mucho se demoraron Panchito y su poroto en treparse hasta la misma orilla, y llegaba a sudar cuando pudo acercarse a ese mundo de jabón.

- ¡Tírate al medio! - le gritó el poroto. - ¡Es preciso que también conozcas este reino!

Y, armándose de fuerzas ,Panchito se lanzó de cabeza en la artesa y se perdió en la lavasa.

En ese mundo de un olor tan rico y tan fresquito, entre todos los globos de jabón empezó a ver cómo se iban muriendo los bichos, gusanos y animales malignos con sujs garritas negras y sus dientes agudos que ya no podían picar a las gentes y procrearse a sus expensas porque allí agonizaban lanzando alaridos al fondo de la artesa. Los bichos venían de la ropa muy campantes, pero al ver el jabón, al sentir el agua, se largaban a llorar desconsolados haciendo esfuerzos inútiles por salvarse...

Ese jabón tan suave y oloroso los hacía pedazos y el agua los ahogaba sin piedad.

Al ver esto Pancrudo se metió en un globito de jabón y se fue por el aire volando donde el niño picado, y se dejó caer sobre su frente empapando la herida con el veneno de los microbios...

La mosca no andaba lejos, recorría su reino y se llevaba en viajes del basural a los niños de ese barrio. Divisó a Pancho y al ver cómo destruía su obra, voló indignada hacia la frente del chiquillo enfermo:

-¿Qué? ¿Pretendes destruir toda mi obra? ¡Pérfida criatura! ¿No te das cuenta que en el mundo, si todos hicieran lo que tú y pensaran tan tontamente, ya no habrían ni granos ni enfermedades?... Y toditos los niños llegarían a viejos, y ya no habría enfermos y casi nadie moriría... En cambio nosotros, pobres moscas, tendríamos que marcharnos sin saber qué hacer ni que comer...¡Insensato!, has destruído mi obra. ¿Que no ves que el jabón y el agua están matando a mis pobres microbitos...?

La mosca se largó a llorar in darse cuenta que se estaza ahogando en sus propias lágrimas...

Y habló el poroto en el interior de Pancho:

-Sopla hacia afuera fuerte y agarra el doble vuelo. Yo estaba destinado a golpear a alguien... Dame el gusto de matar a esta pícara...

Tomó vuelo Panchito Pancrudo y saltó el poroto y azotó a la mosca que murió al instante de conmoción cerebral. Con el poroto se dió vuelta hacia afuera el interior de Pancho. Volvió a ser grande como todos los niños, pero eso sí que tuvo buen cuidado de no dejar nunca una mosca en su pieza y de andar muy lavado para no admitir que en su cuerpo se armara esa cría de animalitos sucios tan hediondos que hacen sufrir tanto.

Comienzo