El Sonido del Bosque

Cuento de Ariel Araya Olivos, 15 años, de Concón, 9 ago 07

I

N o recordaba nada, cuando despertó no recordaba nada. No reconocía el bosque en el que se encontraba, aunque los bosques no se reconocen, pues todos son iguales, pero además, no podía recordar la forma en que había llegado allí.

Benjamín vivía en el Orfanato Fintty, en él, había sido criado desde muy pequeño; en él, había aprendido todo lo que sabía; y en él, tenía amigos y enemigos, y profesores simpáticos y antipáticos, pero desde que despertó en medio de ese bosque no sabría si podría regresar.

Se levantó y miró a sus alrededores, y no encontraba salida alguna, solo veía a lo lejos árboles y más árboles. No sabía que camino seguir, hasta que eligió el camino que se encontraba en frente de él, justo en frente de su mirada. Con curiosidad y miedo, él, vestido con el uniforme de su Orfanato: pantalones, suéter y boina gris, dio un paso, sabiendo que ese paso podría ser el primero, tal vez, de muchos más. Pero aún así tenía miedo. Es decir, sabía que si caminaba en una sola dirección, y seguía caminando, llegase a donde llegase, estaba seguro que llegaría a un lugar que no sería el mismo bosque, pero aun así temía que se encontrase con personajes dignos de temer.

II

Benjamín, mientras caminaba recto por el bosque, no podía dejar de pensar en lo vivido en el Orfanato, como si fuese la última vez que lo iba a ver. Recordaba cuando jugaba con sus mejores amigos, Rodrigo y Pedro, cuando peleaba, aunque no fuesen buenos recuerdos, con Salvador y José. También recordaba lo buen alumno que era y lo buen compañero que podía ser cuando se esforzaba para lograrlo. El Profesor Tee, era un excelente amigo, era simpático, comprensible y tenía una confianza con sus alumnos tan grande que se convertía totalmente en un niño cuando conversaba con ellos, pero el Profesor Nariz de Halcón, como lo llamaban secretamente los alumnos, era todo lo contrario. Cuando lo saludaban, él pasaba de largo; cuando le preguntaban algo porque no entendían, él decía que volviesen a leer las indicaciones que estaban escritas en la pizarra, y cuando encontraba un pequeño error en la prueba, le mandaba una comunicación al Director del Orfanato Fintty Fintty para decirle que no había estudiado. Y lo peor de todo, era que esto lo hacía también con lo niños menores de ocho años.

Benjamín odiaba acordarse de esto, eran recuerdos muy despreciables, pero cuando se acordaba de sus amigos y del Profesor Tee, se formaba una gran sonrisa en su cara. Y también, cuando se acordaba de sus amigos, se acordaba de todos los juegos que jugaba con ellos cuando pequeño y cuando grande; aquel juego más, pero más repetitivo del grupo eran los soldados, en el cual se dividían los equipos con otros compañeros más y se tenían que ir eliminando cuando se disparaban el uno al otro. Ese juego era desde que tenía seis años, y como jamás lo dejaron atrás, hasta esta edad aún lo jugaban. Pero Benjamín, como estaba pendiente de encontrar una salida en ese enorme bosque, poco a poco aquellos recuerdos se iban yendo, dejando a Benjamín solo en ese mundo.

III

Benjamín ya no podía más, no sabía cuantos metros había recorrido, pero eran bastantes; estaba cansado. Ni siquiera se había sentado para descansar, ya que estaba desesperado por salir de allí, tanto que pensaba que avanzando un poco más iba a lograr encontrar la salida de ese enorme bosque; pero aún así, no había resultado, en el fondo del bosque aún se seguían viendo árboles, y nada más que árboles.

Cuando estaba anocheciendo, cuando el sol se escondía poco a poco tras la arboleda, Benjamín se puso de rodillas y se echó a llorar. Benjamín era muy reservado, muy pocas veces se ponía a llorar, lo hacía solo cuando acumulaba en su mente situaciones deprimentes que le habían sucedido en situaciones anteriores y que las contenía para no llorar. Pero en este momento, al recorrer tanto y tanto en ese lugar, y no encontrar ni siquiera a una persona que anduviese merodeando por allí , sin importar el peligro que corriese, para que lo ayudara a encontrar la salida, era demasiado; y en ese momento si que no pudo contenerse por más que quisiese.

Lloró y lloró, aunque hubiese estado perdido solo horas, aunque no tuviese idea de lo que le esperaba, siguió y siguió llorando. Poco a poco, sus lágrimas se iban secando, poco a poco, Benjamín sacaba fuerzas de flaqueza y se iban levantando, y poco a poco, en plena oscuridad, con la pura luz de la luna alumbrándole, volvió a caminar iniciando nuevamente su recorrido.

IV

Caminaba a paso lento hacia un lugar que ni él sabía, en realidad. Era de día, el sol brillaba por sobre los altos árboles, y alumbraba la tierra casi llena de hojas. Es en eso, cuando escuchó que un poco más allá, aquellas hojas que habían caído de los árboles, y que estaban totalmente secas, crujían, y en muchas direcciones.

Comenzó a asustarse, cada gota de transpiración le caía más rápido por su cara a medida que oía que esos crujidos y partiduras de las hojas se iban acercando hacia donde él estaba parado. Y luego pensó y se dio cuenta de algo. Claro, estaba parado, lo único que tenía que hacer era correr y correr, y daba lo mismo hacia donde, pues todo el tiempo que estuvo allí, caminó hacia un lugar incierto. Bueno, el asunto es que comenzó a correr como nunca, a una velocidad que para él era sorpresiva. El problema era que cada vez sentía que las hojas más crujían y más transpiración le caía por la frente. Al final se detuvo, y no corrió más. Jadeó bastante, estaba muy, muy cansado. Con un leve dolor de cabeza, miró para el frente, y entre la enorme cantidad de árboles que había, casi unidos, podía divisar muy poco de lo que ocurría sus alrededores.

El corazón le palpitaba mucho, pues sabía que algo se acercaba e iba a pasar por delante de él. Y pasó. Pero luego de ello se llevó una mano al pecho, y suspiro aliviado, aunque tampoco estaba completamente seguro de que se había salvado. Allí, al frente de él, apareció una ardilla, una pequeña ardilla cuyo pelo era marrón. En ese momento estaba todo bien, el problema surgió después y en ese momento dudó si estaba a salvo. Lo que sucedió fue que apareció un enorme tigre al lado de la ardilla, pero esta no se espantó, siguió allí sin mover ninguno de sus huesos. Luego el asunto empeoró, pues apreció un león con una enorme melena, y posteriormente un oso hormiguero gigante apareció detrás de los tres animales pasándolo como tres veces en altura. Benjamín, respiraba lentamente, pensando en que si respiraba fuerte los animales se espantarían y lo atacarían.

Pero luego las cosas empeoraron, para desgracia de aquel muchacho. En frente de él, al lado de los demás salvajes animales, a excepción de la ardilla, apareció un rinoceronte de cortas patas y enormes cuernos que estaban sobre su cabeza. Al otro lado apareció un elefante, con su larga trompa y sus enormes orejas. Todos en frente de él, sorpresivamente sin moverse. Luego aparecieron conejos y halcones sosteniéndose en las ramas de los árboles, y pequeños pajaritos y canarios. Aparecieron muchas mariposas volando alrededor de los animales que Benjamín tenía en frente, luciendo sus hermosas las. Incluso aparecieron castores con sus gruesas aletas acompañados por lobos de intensos ojos azules. Pareciera que la selva se había reunido, pero no sabía por qué. Aquello lo encontraba muy extraño, pues era un bosque no una selva, y no iba a encontrar en un bosque cualquiera a un elefante, un rinoceronte, un león, un tigre, un halcón, y menos un castor, sobre todo sin hay lagos ni ríos. Estaba confundido, pero a la vez aterrado. De verdad no lo creía.

El rinoceronte que estaba en ese particular grupo, se acercó y Benjamín, sin moverse, pensando que si lo hacía no provocaría la ira en ellos. El rinoceronte acercó su cara a la de Benjamín y comenzó a olerlo con las tremendas narices que tenía. Benjamín estaba aterrado. Luego, el rinoceronte miró para atrás, y movió su cabeza, y en ese instante, el tigre que estaba allí, más grande de lo común se agachó como si quisiese que lo montaran. Benjamín no sabía qué hacer, si estaba queriendo que hiciera lo que él pensaba que quería, de todas maneras no lo haría, pero el rinoceronte, que había caminaba hacia atrás de Benjamín, comenzó a empujarlo lentamente hacia el animal que tenía en frente. Al final, supo que tenía que hacerlo, o las consecuencias serían graves. Cuando se subió al lomo del tigre, este se levantó y comenzó a arrastrar su pie en el suelo, como si quisiese echarse vuelo, y efectivamente eso estaba haciendo. En un, dos por tres, comenzó a correr y Benjamín agarró el cuello del animal con todas sus fuerzas tratando de sostenerse lo más que pudiese. El fuerte viento le azotaba la cara. Miró para atrás, y vio que todos los animales también corrían y, en el caso de las aves y halcones, volaba hacia la dirección que iban ellos, estremeciendo todo el suelo. Apenas veía lo que tenía en frente, y se ladeaba para la derecha y para la izquierda, debido a las constantes vueltas que se daba el tigre, al tratar de embestir los enormes árboles.

Al fin vio a donde se dirigía, y eso era un lago. Rápidamente se dio cuenta porque motivo había un castor allí, y era porque ese lago era el lugar en donde vivía. El tigre cada vez corría más y más fuerte, hasta que llegó al mismo lago y el tigre frenó bruscamente. Benjamín salió disparado hacia delante y cayó al lago mismo empapándose por completo. Cuando sacó su cabeza fuera del agua, miró a los animales que estaban allí y estos le devolvían la mirada. Luego, cada uno se fue metiendo en el agua, salpicando enormes cantidades hacia fuera, y cuando el elefante se tiró al lago, para que decir la enorme ola que produjo dentro.

Benjamín ya no estaba tan asustado, pues aunque en ese momento estaba relativamente alegre, aun le daba escalofríos pensar que le quedaban días y días hasta que lo rescatasen de aquel laberinto de árboles.

Pasaron muchas horas, y pareciera que los animales le entendiesen, pues jugaban con él como si también fuesen niños. Al final, salió del lago y se estrujó la ropa, la cual se secó por el intenso sol que allí había. Los animales se fueron lentamente, y Benjamín sin creerlo, se despedí de ellos con la mano. Encontraba increíble que estuviese despidiéndose de semejantes animales.

V

Era ya oscuro, la luna reinaba en el bosque y era todo espantoso. Benjamín no recordaba nada de lo que le había sucedido en ese momento, pero solo recordaba cosas pocas. Caminaba lenta y sigilosamente por el bosque, cuando vio una luz por entre los árboles. Caminó hacia la luz, y se dio cuenta que era una fogata. El corazón le palpitó, pensando casi seguro de que estaba ya a salvo. Pero se equivocó. Pues allí, al lado de la fogata, había una carpa hecha, al parecer de cuero, y había unos individuos que rodeaban la fogata con unas lanzas en sus manos, parecía que estuviesen bailando. No era gente civil, parecían... parecían... claro... parecían caníbales... eso era... Por eso que la carpa, que era en realidad una choza, estaba hecha de cuero de animal. Pensó que tenía que irse lo antes posible, el problema fue que cuando se volteó, dos de esos individuos estaban detrás de él, con las lanzas dispuestos a atacarlo. Acto seguido, Benjamín había caído al suelo inconciente debido al golpe que le dieron con los báculos.

Despertó dentro de la carpa, pero gracias a Dios, nadie estaba dentro. No imaginaba como tantos "caníbales" podían vivir dentro de esa choza que de todas maneras no era lo suficientemente grande como para que cayesen en ella. En fin, recorrió con su mirada la choza y en una esquina, vio un filoso cuchillo. Lo agarró y se dirigió a la parte opuesta a la entrada. Hizo un gran tajo en el cuero de la que estaba hecha, y salió por él. Cuando pisó tierra, comenzó a correr lo más rápido que pudo, y cuando ya sintió que se había alejado lo suficiente, vio que no era una sola choza la que allí había, sino que decenas y decenas que no tenía idea por qué no las había visto. Era algo curioso. En fin, luego de ello, escuchó como una voz proveniente de la tribu salía corriendo de una de las chozas y le informaba algo a sus compañeros desesperadamente. Benjamín se echó a correr, y al parecer los “caníbales" se percataron de ello, pues cuando el muchacho miró para atrás, vio que la tribu entera lo estaba persiguiéndolo con sus largas lanzas en las manos. Benjamín corría desesperado esquivando los árboles que tenía a su paso. Lo único que quería era librarse de eso, no creía que fuese una aventura digna de vivirla por completo. Por eso, Se puso tras un árbol de grueso tronco, y vio como la tribu seguía de largo. Afortunadamente, como era de noche, no lo vieron, y los "caníbales" siguieron corriendo quién sabe hasta donde.

Estaba muy cansado, y se tocaba el corazón que le palpitaba como si se fuese a arrancar de su cuerpo.

VI

Benjamín, ese mismo día, caminaba en la oscuridad con demasiado miedo, y era total pero totalmente entendible, ya que no es para nada fácil cruzar un bosque, solo, y además en plena noche. Desde que había despertado, la primera impresión que tuvo con aquel bosque fue de cercanía aunque no le pareciese, debido a que él estaba seguro que estuviese donde estuviese, no podía estar en otro lado que no fuese Durby Dozer, y en esta ciudad existe un solo bosque, "El Bosque del Silencio".

Cuando iba caminando, se le ocurrió una idea, era la idea más recurrida de todas, pero un poco arriesgada; era la idea que a uno primero se le viene a la mente, pero que a Benjamín no le pasó. Era algo que lo debió haber hecho cuando despertó, pero no lo hizo: Pedir auxilio, o algo parecido.

- ¿¡Hola!? ¿Hay alguien aquí? ¿Alguien me oye? Por favor, si alguien me escucha, le pido por favor que me responda — Decía Benjamín impaciente, con unas diminutas lágrimas en sus ojos.

Benjamín estaba seguro que nadie lo había escuchado, que nadie le había puesto atención a su llamado, llamado que de verdad lo pedía de todo corazón. Resignándose a que nadie lo había escuchado, Benjamín siguió adelante, muerto de miedo, pero sin intentarlo por última vez:
— ¿¡Alguien me oye!?¿¡Hola!? Por favor ¡Qué alguien me responda — Pero su llamado no surgía efecto.
- ¡¿Perdón? ¿Alguien ha dicho algo? — Benjamín no podía creer lo que estaba escuchando — La verdad es que soy un poco sordo, y no pude escuchar lo que dijo — Benjamín escuchaba lo que escuchaba pero no lo creía.

Alguien, no sabía quien, había escuchado su llamado, y le estaba respondiendo, aunque no tan bien, pero el solo hecho de que hubiese alguien en el bosque aparte de él, ya era un alivio.
- ¿Quién es? ¿Hay alguien por ahí? — Gritaba Benjamín lo más alto que podía para que se pudiese escuchar por todo el bosque — Por favor, quien quiera que haya hablado por favor que se muestre.
— ¿Qué me muestre? ¿Cómo quiere que me muestre si no sé en donde se encuentra? Además, no sé con quién estoy hablando — dijo la voz
— Pero yo tampoco sé con quien hablo. Y discúlpeme quién quiera que sea, pero la verdad es que tampoco pretendo hablar con usted, la verdad es que no me interesa. Lo único que quiero es salir de este bosque y regresar a mi Orfanato.
— ¿Con que va en un Orfanato? — dice la voz.
— Sí, y estoy muy asustado porque no sé si regresaré o no.
— ¿Y porqué cree que no regresará?
— Pues porque no me sé la salida

La voz comienza a reírse burlescamente.
— De qué se ríe, no lo encuentro gracioso. — Gritaba Benjamín para que se escuchase muy bien lo que decía — Es normal que me pierda en este bosque.
— Pero por supuesto que no es normal. Si es muy fácil salir de aquí. Lo único que tienes que hacer es cerrar los ojos suavemente, y luego darte dos lentas vueltas, pero siempre con los ojos cerrados. Y si te llegas a caer también debes tenerlos cerrados.
— ¿Y que sacaré con eso?
— Pues cuando termines de hacer lo que te dije, en el fondo negro de tu mente al tener los ojos cerrados, verás una borrosa flecha azul, que te indicará el lugar al que debes dirigirte para salir de aquí. Luego cuando abras los ojos, te diriges por ese camino y... ¡Listo!
— ¿En serio? — Pregunta Benjamín muy tímido, pero luego levanta la voz — ¿Cómo sé yo si cuando cierre los ojos usted aparezca y me ataque?
— Sé que no te conozco, y que tu no me conoces, pero cuando te sientes atrapado, nunca, nunca está demás confiar en los extraños, sobre todo cuando ellos ofrecen ayudarte sin ningún interés.

Benjamín lo piensa durante largos segundos, pues no es una decisión fácil, pero siendo objetivo, lo único que quería era salir de ese bosque por cualquier medio. Asi que hizo lo que le dijo la voz, cerró los ojos suavemente y se dio dos vueltas, pero tal cual se lo había dicho la voz, no pudo contener el equilibrio y se cayó, pero inconscientemente abrió los ojos. Cometió una infracción en el proceso.

— ¡Muy, muy mal, niño! No debes abrir los ojos cuando te caigas.
— Pero ¿Usted como lo sabe?
— Yo todo lo veo, lo oigo y lo siento.
— Me está dando miedo, señor... o quién quiera que sea.
— No temas. Solo preocúpate del proceso, hazlo de nuevo, pero está ves por favor sin abrir los ojos ¿De acuerdo?
— Está bien.

Benjamín no lo pensó dos veces, y cerr´ los ojos nuevamente. Se dio las dos vueltas y otra ves se cayó, y desgraciadamente otra ves abrió los ojos.

— No lo puedo hacer — Dijo Benjamín casi gritando para que la voz lo escuchara en donde quiera que estuviese — El solo hecho de caer y saber que me puede pasar algo me hace abrir los ojos. No quiero caer y pegarme en la cabeza.
— Eso no va pasar, solo ve tu alrededor y te darás cuenta que hay solo tierra.

Benjamín miro su alrededor y vio solo tierra y algunas hojas que habían caído de los árboles, y no vio ninguna piedra y nada por el estilo.

— Recuerda — dijo la voz — que la tercera es la vencida.

Benjamín cerró los ojos, y se dio las dos vueltas, y esta vez en su cabeza sintió que caía lentamente, como en las películas cuando hay suspenso, y que al tocar el suelo, se sentía un zumbido, y lo mejor, sin abrir los ojos. Era algo magnifico, ya que en el fondo negro de su mente, como se lo dijo la voz, comenzó a aparecer borrosamente una flecha azul que indicaba el sur. Benjamín impresionado, abrió los ojos y se levant´ bruscamente.

— ¡La vi! ¡La vi! ¡La flecha! ¡La vi! — Decía Benjamín felizmente — ¡Señor! — Levantaba la voz — ¡señor! ¡Ya vi la flecha! ¡Muchas gracias!

Benjamín, al no escuchar ninguna respuesta, pensó que aquel señor que le hablo durante todo esos minutos, ya se había ido, y como no lo conocía, Benjamín desinteresadamente siguió caminando. Camino solo unos minutos, hasta que, entre los arbustos, comenzó a escuchar unos ruidos, que cada ve se iban acercando más. Pensó que eran animales, pero la idea se le fue rápidamente cuando vio lo que eran en realidad.

— ¡Benjamín! Con que aquí estabas ¿Qué haces aquí? — Dijo Pedro, uno de sus mejores amigos. — ¿No recuerdas que el Profesor Tee nos dijo que no nos separamos? — exclam´ Rodrigo, su otro amigo.
— Pero... pero... que hacemos todos aquí. Hace horas desperté y no sabía en donde estaba, me había perdido.
— Pero ¿Cómo es eso de que estabas hace horas perdido si hace solo unos minutos que comenzamos a jugar a los soldados?
— ¿A los soldados? ¿Estábamos jugando a los soldados? — preguntó Benjamín sorprendido
— Claro — respondió Rodrigo — No recuerdas que el Profesor Tee nos dijo que podíamos jugar un ratito a los soldados, como fin de nuestra expedición en el bosque.
— La verdad no lo recuerdo. Tal vez cuando estaba corriendo me caí y me pegué en la cabeza, y por eso no recuerdo nada. Pero no entiendo ¿Porqué cuando estaba perdido anocheció, y ustedes me están diciendo que solo pasaron unos minutos?
— No lo sabemos Benjamín, eso tienes que explicarlo tú.

No había explicación de lo sucedido. ¿Cómo era posible que Benjamín hubiese estado horas perdido, pasar un día y una noche, y que sus amigos, luego le dijesen que solo habían pasado minutos después que este se perdió luego de haber comenzado el juego? Tal ves era todo un sueño. Tal vez, en verdad, cuando estaba jugando se cayó y quedó inconsciente, y cuando supuestamente abrió los ojos luego de haber visto la flecha, fue cuando se despertó de aquel sueño. Y tal vez aquella voz era su imaginación que le decía que tenía que ser perseverante en la búsqueda de la salida, la cual también le dijo cual era la dirección de esta. Esto es algo que no está claro pero que solo Benjamín puede saber.

F I N